jueves, 19 de febrero de 2015

Camí de Cavalls - Introducción


El Camí de Cavalls es un sendero de 185 km que rodea toda la isla de Menorca, declarada reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1993. En su  mayor parte discurre por el litoral, aunque en varios puntos se adentra hacia zonas interiores que permiten conocer la variedad natural y patrimonial de la isla: barrancos, roquedales, humedales, zonas de cultivo, calas, macars, pinares, torres de vigilancia, llocs o casas de payés, faros o trincheras son algunos de sus atractivos.



Su origen se cree que está a principios del siglo XIV, cuando algunos tramos eran usados para fines militares defensivos por la cavallería. De hecho existen documentos del siglo XVII en el que se hace referencia a él como el "Camino de los caballeros". Menorca, al tratarse de una pequeña isla en medio del Mediterráneo, siempre ha estado bajo el peligro de incursiones piratas y ha sido objetivo de infinidad de países, por lo que se hacía necesario conectar los distintos puntos de vigilancia que se fueron construyendo a lo largo de los siglos. En el siglo XVIII ya era usado como vía de comunicación pública y la administración inglesa lo consideró camino real. Tras la guerra civil española se empezó a acondicionar, pero fue a partir de 1996 cuando la presión popular se hizo más intensa, consiguiendo que se promulgara en el año 2000 la "Ley del Camí de Cavalls", que en un Plan Especial posterior fijó su recorrido y posibilitó la expropiación de los tramos que atraviesan hasta 120 fincas privadas, pudiéndose disfrutar de él por completo, tanto a pie como en bicicleta de montaña o a caballo, desde el año 2010.

La altura máxima alcanzada durante el recorrido es de 125 metros sobre el nivel del mar, si bien el desnivel acumulado durante todo el camino llega a los 4000 metros. Está homologado como GR-223, y se ha dividido en 20 etapas comenzando en el puerto de Mahón y recorriendo la isla en sentido contrario a las agujas del reloj, aunque al tratarse de un recorrido circular puede comenzarse en cualquier punto. Se debe tener especial precaución en algunos cruces de vías o en tramos por carretera compartidos con vehículos.



Como elementos de señalización, además de las típicas señales rojas y blancas de cualquier GR, hay paneles informativos al inicio de cada etapa, estacas de madera cada 50 o 100 metros durante el recorrido y otros paneles descriptivos en puntos de interés concretos.






Otro de los elementos característicos del camino son las más de 100 barreras de madera de acebuche que encontramos a nuestro paso, típicas de las Islas Baleares y que permiten comprobar la importancia de la ganadería en la isla aún en la actualidad.





Existen muchos libros y guías sobre el Camí de Cavalls. Nosotros al poco de llegar a la isla nos hicimos con el Mapa - guía de Menorca de la editorial Alpina.







Éste cuenta, además de con una pequeña guía que incluye información del Camí de Cavalls y de otras rutas senderistas y para bici de montaña, con un mapa de toda la isla escala 1:50.000 bastante bueno y que nos ha permitido descubrir rincones increíbles.




En la web del Camí de Cavalls se puede encontrar más información sobre el camino y las distintas etapas.

En la actualidad el principal problema con el que cuenta el camino es el alojamiento, ya que aunque atraviesa varios núcleos de población en la mayoría de los casos hay mucha distancia de unos a otros. Si se quiere realizar completo se puede tener problemas para encontrar donde dormir, especialmente fuera de la temporada de verano (junio - octubre), ya que en invierno el transporte público y los alojamientos fuera de las poblaciones principales se ven reducidos al mínimo. Sería pues necesario contar con más de un vehículo, hacer las etapas de ida y vuelta o acordar con taxis la recogida en un punto final. Otra opción es contratar los servicios de empresas de la zona como 40º Nord, agencia de viajes especializada en esta ruta y que ofrece la opción de adquirir un Forfait similar a otros trekking como Cavalls del Vent o Carros de Foc, en el que incluyen además de material, alojamientos y logística.

La empresa TMSA es la principal en cuanto a transporte público de la isla. Se puede encontrar más información sobre otras líneas de autobuses en la web Transportes Menorca.


Las 20 etapas en las que se ha dividido el recorrido son:
  1. Maó - Es Grau: 10 km
  2. Es Grau - Favàritx: 8,6 km
  3. Favàritx - Arenal d'en Castell: 13,6 km
  4. Arenal d'en Castell - Cala Tirant: 10,8 km
  5. Cala Tirant - Binimel·là: 9,6 km
  6. Binimel·là - Els Alocs: 8,9 km
  7. Els Alocs - Algaiarens: 9,7 km
  8. Algaiarens - Cala Morell: 5,4 km
  9. Cala Morell - Punta Nati: 7 km
  10. Punta Nati - Ciutadella: 10,5 km
  11. Ciutadella - Punta d'Artrutx: 13,2 km
  12. Punta d'Artrutx - Cala en Turqueta: 13,3 km
  13. Cala en Turqueta - Cala Galdana: 6,4 km
  14. Cala Galdana - Sant Tomàs. 10,8 km
  15. Sant Tomàs - Son bou: 6,4 km
  16. Son Bou -  Cala en Porter: 8 km
  17. Cala en Porter - Binisafúller: 11,8 km
  18. Binisafúller - Punta Prima: 8,1 km
  19. Punta Prima - Cala Sant Esteve: 7,3 km
  20. Cala Sant Esteve - Maó: 6 km

Verdaderamente recomendable este recorrido circular por la isla de Menorca para disfrutar en todo su esplendor el paisaje mediterráneo.

sábado, 14 de febrero de 2015

Esquí en Formigal

Hace un par de semanas pudimos disfrutar de unos días de esquí en la estación de Formigal. No íbamos muy convencidos de si el tiempo nos iba a respetar, ya que la predicción daba un poco de todo, pero al final tuvimos bastante suerte y, pese a algún rato con bastante viento y algunas zonas algo escasas de nieve, pudimos disfrutar mucho de la estación.

Como alojamiento reservamos hace algo más de un mes un apartamento para 2 personas en Apartamentos Blasco en Tramacastilla de Tena a través de Booking. Este pequeño pueblo se encuentra a unos 15 km de la estación, a poca distancia del embalse de Búbal y la reserva era con cancelación gratuita hasta 10 días antes y un precio de 300 € por 5 noches. Y la verdad es que fue una gran elección.


Los apartamentos están muy nuevos, son bastante amplios y con decoración rústica. Los tienen de 1, 2 y hasta 3 habitaciones y cuentan con un parking privado por lo que aparcar no es ningún problema. En la planta baja está el bar-restaurante del mismo nombre, donde cenamos la última noche y pudimos degustar unas riquísimas migas de pastor. Y lo mejor, la atención recibida, nos enseñaron el apartamento al llegar, se ofrecieron a ayudarnos con las maletas y nos llamaron por teléfono a mitad de semana para confirmar la fecha de salida y que todo estaba a nuestro gusto. De poner alguna pega sería que no había secador de pelo, aunque es cierto que no suele haber y fue fallo mío no llevarlo, y además con lo majos que eran los dueños probablemente de habérselo pedido nos hubiesen dejado uno.


Los apartamentos se encuentran además en el centro del pueblo, de hecho desde el nuestro se veía el ayuntamiento...



El apartamento en el que nos quedábamos estaba en la segunda planta, no hay ascensor pero tienen guarda esquís en la planta baja para dejar todo el material. Al ser el de 2 personas está dividido en 3 estancias: una habitación con cama de matrimonio, un baño con ducha y el salón - comedor - cocina.



Hay balcón tanto en la habitación como en el salón, y dispone de menaje y todo tipo de utensilios de cocina: exprimidor, microondas, tostador, lavadora... aunque no tiene congelador, ya que la nevera es pequeña. También había botecitos de champú y gel en el baño.



La calefacción se puede regular a gusto de cada uno, hay un termostato en el salón. Los apartamentos están muy bien si se busca algo económico donde poder hacerse uno mismo las cenas y con el extra de que en caso de mal tiempo no estás limitado a la habitación de un hotel.


La estación de esquí recibe el nombre en la actualidad de Aramón Formigal - Panticosa, ya que el forfait es válido para ambas (aunque se puede coger sólo para Panticosa) y hay autobuses gratuitos que las conectan durante todo el día. Entre las dos suman 176 km esquiables, con cotas entre 1145 y 2250 m de altitud. Nosotros estuvimos sólo en Formigal y está bien para aprender, aunque lo que más tiene son pistas rojas y negras, por lo que se disfruta más si se tiene algo de experiencia.



En nuestro caso tuvimos además el problema del viento que se había llevado casi toda la nieve y que estuvo soplando bastante fuerte casi todos los días, especialmente en la zona de Sextas que es la principal por ser la más próxima al pueblo - urbanización de Formigal.



Nuestra idea era esquiar de lunes a jueves y el viernes hacer una ruta de raquetas, pero esto último no pudo ser ya que el jueves a mediodía comenzó a nevar y el viernes era imposible hacer nada entre el viento, la nieve y la mala visibilidad. Sin embargo tuvimos suerte de poder aprovechar el resto de la semana.

Habíamos cogido por internet los forfaits, la clase de esquí para José y reservado el alquiler del material.

La clase de esquí la cogimos con la escuela de Formigal en Anayet, que es la zona intermedia de la estación, y el precio fue de 95 € por 4 días, 3 h cada día. El grupo era de 6 personas y la profesora era muy maja, así que José quedó contento ya que pudieron practicar bastante e incluso les dijeron que habían subido 2 niveles a lo largo de la semana.



Los forfaits salen más baratos comprándolos por internet previamente. A nosotros nos costaron los 4 días para 2 personas con seguro incluido 275,60 € con un 10 % de descuento, y se recogen en las taquillas de la estación una vez estás allí. Por cada forfait cobran una fianza de 3 € en el momento de entregarlo que se puede recuperar en una especie de cajeros que hay junto a las taquillas cuando se deja de usar. También es posible recargarlo, tanto en taquilla como por internet, si se va a acudir a la estación en más ocasiones.


El material lo reservamos en Intersport Masonet, a la entrada de Formigal, ya que cogiéndolo por la web hacían un descuento del 15 %. Alquilamos un equipo completo de esquí básico para José y esquís medios para mi, ya que las botas ya las tenía. Nos salió todo por 124,45 € los 4 días y se paga allí al recoger el material. La única pega es que entre semana abren a las 9, por lo que conviene estar a primera hora el día que se recoge el equipo si se se tiene clase de esquí a las 10 para llegar con tiempo.



Respecto a la estación hay varios lugares curiosos donde comer algo, como el iglú que se encuentra en la zona de Izas y donde se puede degustar sushi...


... o la cabaña La Glera en la zona de Portalet, donde se puede cenar chuletón previa reserva, disfrutando de las vistas y llegando hasta allí con la ayuda de una máquina pisanieves o ratrack.




Una de estas máquinas es la única forma de acceder a una pista roja (Pipos) y varias negras en la zona de Portalet. Para llegar hasta ella se debe coger la silla de Espelunciecha, junto al parking de Portalet.





Una vez arriba, se sigue un pequeño itinerario bajando hacia la pista azul de Rinconada a mano derecha (está señalizado), con el que se llega hasta una caseta a los pies del pico Anayet desde donde parte la ratrack.


La ratrack es simplemente una máquina pisanieves con dos filas de perchas en la parte trasera que permiten ser arrastrados de forma sencilla.


 Desde donde nos deja las vistas son espectaculares...




En realidad, con las cotas que alcanza la estación, son varios los puntos desde donde se puede disfrutar de panorámicas impresionantes, como esta junto a la llegada de la silla de Anayet, que cuenta con un mirador en el que se señalan los picos más importantes de los alrededores.






O este otro, en la zona superior del telesquí de Lanuza, desde donde se divisa a un lado el valle colindante, unas veces despejado y otras envuelto en un mar de nubes...



... y al otro el propio valle de Izas con Formigal al fondo.



Otro de los protagonistas indiscutibles de la zona, visible desde varios puntos de la estación, es el pico Midi D'Ossau, de casi 2900 metros de altitud y fácilmente reconocible por su curiosa forma piramidal y un espacio que lo divide en dos.




La escasez de nieve, debida en parte al fuerte viento que incluso llevó a cerrar algunos días la zona de Panticosa, cambió por completo a finales de semana. El viernes amaneció nevando, con todo blanco salvo la carretera y con muy mala visibilidad, por lo que aunque con pena de no poder hacer la salida con raquetas, emprendimos satisfechos el camino de vuelta a casa, con ganas de disfrutar de la próxima experiencia blanca.



Como valoración personal creo que se trata de una gran estación en un entorno espectacular, pero con algunas cosas que mejorar. De las 3 grandes estaciones de esquí españolas, Sierra Nevada, Formigal y Baqueira-Beret, sólo puedo comparar las dos últimas ya que en la primera no he estado aún, es una asignatura pendiente, pero puedo decir que me quedo casi sin dudas con Baqueira. Si bien Formigal tiene como punto a su favor la proximidad entre las distintas zonas, le falla el hecho de que la conexión en su punto medio a través de la silla Collado suele cerrarse con condiciones meteorológicas adversas. Aunque disponen de un sistema de autobuses gratuito que conecta entre sí todas las zonas para solventar situaciones como esta, no deja de ser un imprevisto que hay que asumir.
Además cabría mejorar la señalización de las pistas y quizá no ser tan optimistas en cuanto al estado de las mismas, ya que durante los días que estuvimos allí alguna de las pistas que figuraba como abierta tenía zonas sin apenas nieve que dificultaban el descenso con tranquilidad.
En cuanto al precio, la diferencia, pese a lo que se podría esperar, no es muy significativa. El forfait saldría unos 25 euros más por persona en Baqueira-Beret para 4 días, mientras que en alojamiento hay precios similares o incluso se puede llegar a encontrar más oferta en precios económicos en el Valle de Arán.
Queda pues a gusto del consumidor. Como se suele decir, si es posible, pruebe, compare y quédese con lo mejor.

viernes, 23 de enero de 2015

Día 10 (18/09): norte Península Snaefellsness, fiordo Hvalfjördur, Reykjavík, Hafnafjörður y vuelta a España


Nuestro último día en Islandia amaneció como el día anterior, cielo cubierto, lluvia a ratos y algo de frío. Eso, añadido al hecho de que se acercaba el momento de despedirse del país y concluir el viaje, hizo que nuestro ánimo no estuviese precisamente por las nubes, pero nos propusimos disfrutar de las últimas horas al máximo posible.



A mí personalmente me suele ocurrir que a medida que se acerca el final de un viaje tengo sentimientos encontrados: por un lado no quiero que se acabe porque me encanta viajar y seguir descubriendo lugares y experiencias, pero por otro, sabiendo que por desgracia hay una fecha de vuelta, a medida que ésta se acerca quiero teletransportarme y estar ya en casa de vuelta a la rutina, sin pasar por lo que para mí son sin duda los peores momentos: las despedidas, el viaje de vuelta, deshacer maletas, coger el ritmo de nuevo...

Pero este día aun nos quedaba mucho por hacer así que nos pusimos en marcha. La noche no había estado despejada en ningún momento por lo que no habíamos podido cumplir nuestro objetivo de hacer la famosa foto de Kirkjufell bajo una aurora, soñada por todo apasionado de la fotografía que viaja a Islandia. Hubo que conformarse con verlo de día y dimos un paseo por la zona para llegar hasta la cascada Grundarfoss que se encuentra a sus pies.



Hasta ella se puede acceder andando desde la carretera por un camino de tierra, que ese día tras la lluvia que había caído estaba un poco embarrado.




Desde allí se puede ver al fondo el pueblo de Grundarfjörður y los macizos montañosos que lo rodean.




Gracias a un estrecho sendero es posible acercarse hasta los pies de la cascada, lo que permite ver la puntiaguda Kirkjufell, de 463 metros de altura, desde otra perspectiva. Este monte es el más fotografiado de Islandia por su característica forma piramidal y su situación aislada junto al mar. Según nuestra guía de Islandia es posible escalar hasta su cima, donde se pueden encontrar fósiles de aves y peces, pero se recomienda ir acompañado de un guía que conozca la zona.






Nos despedimos de este lugar mágico echando un último vistazo a Grundarfoss y continuamos viaje para terminar con la vuelta completa alrededor de la península de Snaefellsness.



Nuestro primer destino del día era Stykkishólmur, al que se llega siguiendo por la carretera 54 y luego la 58, atravesando el campo de lava Bersekjahraun. A medio camino se puede visitar la granja Bjarnarhöfn, que aloja un museo sobre la pesca y tratamiento del tiburón y donde es posible probarlo curado al modo islandés.

Stykkishólmur era una antigua aldea pesquera como las del resto de la zona que ha evolucionando hasta convertirse en la ciudad más importante de toda la península. Se la conoce como "la villa danesa" por la influencia de los comerciantes de ese país en la vida de la zona en siglos pasados, conmemorándose anualmente con el festival "Días daneses" en agosto. Aquí se encuentran la Biblioteca del Agua y el Norska Húsid o Casa Noruega, de 1832 y que alberga el Museo Etnológico de la península. Nosotros ese día queríamos acercarnos a la cascada de Glymur (aunque dudábamos de poder acceder a ella con el mal tiempo que hacía) y dedicar la tarde a ver Reykjavík, por lo que no disponíamos de mucho tiempo y sólo nos acercamos a ver la iglesia de 1975 situada en un promontorio y digna de cualquiera de las películas de La Guerra de las Galaxias.




Unos 6 kilómetros antes de llegar a Stykkishólmur se encuentra la colina de Helgafell, de apenas 75 metros de altitud pero que permite disfrutar de buenas vistas de la bahía de Breiðafjördur. El día tan desapacible con fuerte viento y lluvia no permitía disfrutar demasiado de ellas por desgracia. A sus pies hay mesas de picnic y baños por 100 ISK.





Desde tiempos del primer colono de la zona, que construyó un templo dedicado al dios Thor, Helgafell se ha considerado una montaña sagrada. Según la tradición local, quien suba por primera vez a su cima sin mirar atrás y en silencio puede pedir un deseo. Para que se cumpla debe ser un deseo benévolo, pedirse mirando hacia el Este y no se puede contar a nadie. Jose con el día que hacía no se animó pero yo no quise dejar pasar la oportunidad por si había suerte y se cumplía la tradición.


Con esto dimos por finalizado nuestro recorrido por la península de Snaefellsness y pusimos rumbo a Glymur, a unas 2 horas de distancia. Para llegar hasta allí retrocedimos sobre nuestros pasos y cogimos la carretera 56 que permite cruzar la península y enlazar con la 54 que nos lleva hasta Borgarnes. Allí se coge de nuevo la Ring Road, hasta el desvío con la 47 que se adentra en el fiordo de Hvalfjördur.


De camino, el tiempo, que continuaba desapacible, nos dejaba bellas imágenes como éstas de las nubes enganchadas a la montaña.





El fiordo Hvalfjördur, o fiordo de la ballena, es estrecho y alargado, de unos 30 kilómetros de profundidad, y se tarda en recorrer unos 45 minutos. En él se encuentra la única estación de caza de ballenas de Islandia que queda en la actualidad. No resulta demasiado espectacular, al menos con un día como el que nos hacía a nosotros y más después de haber visto otros mucho más bonitos. En este hay incluso una fábrica bastante grande que no embellece mucho el paisaje que digamos, aunque seguro que adentrándose a pie alejándose de la carretera se encuentran lugares que merecen mucho la pena.

Justo al fondo del fiordo sale la pista que hay que coger para llegar a Glymur, los primeros metros están asfaltados y luego son de gravilla hasta llegar a un parking donde se puede dejar el coche y comenzar la ruta de unos 8 km ida y vuelta. Nosotros no llegamos a entrar ya que seguía lloviendo, había mala visibilidad y por lo que habíamos leído se trata de una ruta con algún paso un poco delicado (ruta 46 1ª edición guía Rother) por lo que no es recomendable hacerlo en días así, que todo está mucho más resbaladizo. Nos hubiese gustado mucho hacerla ya que se trata de la cascada más alta de Islandia, con 198 metros de caída, por lo que nos lo apuntamos para una próxima visita.



Lo que si encontramos fue un rincón muy chulo una vez pasado el desvío a Glymur, llamado Fossárrétt. Se trata de una pequeña cascada a la entrada de un cañón que es posible recorrer a pie.



Aprovechamos para estirar un poco las piernas mientras hacíamos alguna foto disfrutando del curso del río. Como el tiempo no acompañaba enseguida volvimos al coche y pusimos rumbo a Reykjavík.



Si no se quiere recorrer el fiordo completo por la carretera 47 se puede atajar continuando por la Ring Road que lo cruza en su zona más exterior mediante un túnel submarino de peaje que cuesta unas 1000 ISK, el Hvalfjarðaröng.

Algo más de media hora después abandonábamos la carretera 1 para entrar en Reykjavík, cogiendo la 49 y luego la 41 en dirección al puerto. La ciudad, cuyo nombre significa "bahía humeante" por el vapor que salía de las grietas de la zona, tiene como origen la granja construida por Ingólfur Arnarson en 874, delante de donde ahora se encuentra la iglesia luterana Domkirkja. En la actualidad engloba a dos tercios de la población de todo el país y es su centro neurálgico, pese a lo cual es una ciudad bastante tranquila, con mayoría de edificios bajos, mezclando vanguardia y tradición y con muchas influencias internacionales.

Como ya teníamos algo de hambre decidimos buscar el famoso puesto de Pylsur Baejarins Beztu, donde dicen se comen los mejores perritos del país por tan sólo 2,5 €. Se supone que se encuentra en la zona del puerto pero con el coche era casi imposible encontrarlo y tampoco estaba demasiado fácil lo de aparcar así que buscando en internet descubrimos su web y tienen otros puestos por la ciudad, varios de ellos en centros comerciales. Nos pareció la mejor opción ya que solucionábamos lo de aparcar y podíamos comer sin mojarnos en un lugar calentito por lo que pusimos rumbo al más cercano.





La verdad es que los perritos estaban muy buenos y comimos los 2 más una bebida por 7,70 €. La única pega es que no son muy grandes y te quedas con ganas de más.

Una vez tuvimos el estómago lleno nos preparamos para nuestra tarde de paseo por Reykjavík, lo que implicaba coger abrigos, paraguas, bufanda... porque el tiempo no sólo no mejoraba sino que a ratos iba a peor. 

Primero hicimos una parada rápida en Sólfar o barca solar, también conocida como el viajero solar, que habíamos visto antes de comer y nos pillaba de paso. Se asemeja a un barco vikingo y se construyó como conmemoración del 200 aniversario de la ciudad.


Tras esto lo que tocaba era buscar dónde aparcar. Por lo que fuimos descubriendo, los aparcamientos en Reykjavík en superficie (también hay los típicos de pago subterráneos) se dividen en varias categorías P1 (zona roja), P2 (zona azul), P3 (zona verde) y P4 (zona amarilla), aumentando con el número la distancia al centro y por tanto disminuyendo en precio.  En esta web podéis encontrar más información al respecto bastante bien explicada.

Nosotros aparcamos en Skúlagata, una calle paralela a la carretera 49 junto al mar. Allí había bastantes sitios en una zona P3 y está bastante cerca del centro. Pagamos en monedas por el tiempo que quedaba hasta acabarse el horario de pago y así estábamos descuidados para volver a la hora que quisiéramos sin coste extra. Algunos parking cubiertos son más baratos las primeras horas pero si no sabes cuánto vas a estar al final puede acabar saliendo bastante más caro. 

Nos dirigimos hacia la catedral a través de la calle Laugavegur, paralela a donde habíamos dejado el coche, pero 3 o 4 calles más arriba. Esta calle es una de las principales de Reykjavík, con sus edificios coloridos, sus locales originales y un montón de tiendas y cafeterías.



Ascendiendo la calle Laugavegur hasta el final se llega a la catedral luterana Hallgrímskirkja, que recibe su nombre en referencia al poeta islandés Hallgrimur Pétursson. Es la más grande del país y fue construida entre 1940 y 1974, creando gran polémica su diseño vanguardista inspirado en las famosas columnas basálticas. Hoy en día es uno de los iconos de Reykjavík.


Entrar a ella es gratis pero si se quiere subir a su torre en el ascensor para ver las vistas de la ciudad hay que pagar 600 ISK. El horario es de 9 a 17 h todos los días. Su interior es diáfano y con mucha luz, y destaca sobremanera el gran órgano con 5275 tubos que tuvimos la suerte de escuchar ya que cuando entramos estaban ensayando. Resulta impresionante el sonido que produce en un lugar tan espacioso.



Frente a la catedral hay una gran plaza presidida por una estatua de Leif Eriksson, hijo de Erik el Rojo, probablemente el vikingo más famoso de todos los tiempos y que se cree fue el primer europeo en llegar a América, 500 años antes que Cristóbal Colón.



Regresamos por la calle Laugavegur, ya que el resto de calles de la zona son más residenciales, sin poder evitar parar a hacernos una foto con la simpática pareja situada frente a una tienda de souvenirs.



La calle Laugavegur desemboca en la Bankstraeti que a su vez finaliza en un gran cruce de calles. En uno de los vértices se encuentra Stjórnarraðið, oficina del primer ministro islandés y que originariamente fue concebida como un calabozo.


Al fondo del cruce en dirección al mar se encuentra Harpa, edificio entero acristalado que alberga la ópera y se utiliza como palacio de congresos.



Al otro lado del cruce se encuentra la placita de Laekjartorg, con varias mesas de madera y una especie de pequeño kiosko de color blanco en su parte central.

Poco después tuvo lugar uno de los incidentes del viaje, al quedarme encerrada en uno de los baños públicos cercanos. En lugar de tener un botón para salir si acabas antes del tiempo máximo no había nada, las pocas indicaciones que había estaban en islandés y la palanca de la puerta parecía no funcionar. Tras unos minutos un poco angustiosos conseguí salir y quedó todo en un susto, aunque ya me veía montando el espectáculo saliendo de allí socorrida por la policía...


Desde allí seguimos nuestro recorrido por la ciudad en dirección al lago Tjörnin, junto al que se encuentran algunos de los edificios principales de la capital como este, actualmente residencia universitaria pero que acogió el parlamento islandés los primeros años tras su traslado de Þingvellir a Reykjavík.






Los alrededores del lago son una zona super tranquila para pasear. Hasta en un día tan poco agradable como el que tuvimos nosotros tenía un encanto especial. Cuenta además con una fuente y varias estatuas dentro del agua, sobre los que revolotean decenas de aves.

En el extremo Suroeste del lago se encuentran el Museo Nacional (Þjóðminjasafnið), la Biblioteca Nacional y la Universidad de Islandia.









En la orilla Este se encuentran la Galería Nacional de Islandia y Fríkirkjan í Reykjavík, una pequeña iglesia blanca construida a principios del siglo XX.


Nosotros no íbamos a entrar a ver los museos por lo que estuvimos dando la vuelta al lago tranquilamente para después volver al centro. En la esquina Noroeste se encuentra el Ayuntamiento, Raðhús Reykjavíkur, que contrasta bastante con el resto de edificios de los alrededores por su aspecto moderno.




Las casas de madera de colores son una de las señas de identidad del país y en la capital también se pueden encontrar, albergando muchas de ellas restaurantes o cafeterías como este junto a la plaza Ingólfstorg.


Cerca de allí, en el número 10 de la calle Aðalstraeti, se encuentra el edificio más antiguo de la ciudad, de 1752. Y unos metros más adelante se encuentra la plaza Austurvöllur, lugar muy frecuentado en verano para hacer picnics o conciertos. En el centro hay una estatua de Jón Sigurðsson que lideró la lucha por la independencia del país. Y frente a ella se encuentra la sede del Parlamento islandés o Alþingishús, uno de los edificios de piedra más antiguos del país y que acoge al parlamento desde 1885, aunque su color tan oscuro por la piedra basáltica en días como ese no resultaba precisamente alegre... 



Junto al Parlamento se encuentra la Domkirkja, iglesia luterana que comenzó a construirse en 1787 y guarda en su interior importantes elementos artísticos.



Como el tiempo seguía sin mejorar y estábamos algo cansados hicimos las compras de recuerdos de rigor en varias tiendas de Laugavegur y volvimos al coche. Si se gasta más de 4000 ISK en una misma tienda es importante pedir el ticket y el formulario de solicitud de reembolso de las tasas para entregarlo en el aeropuerto a la vuelta o en la oficina de Reykjavík.

Aún no había anochecido y teníamos varias horas por delante hasta tener que ir al aeropuerto, ya que nuestro vuelo no salía hasta la 1:30 de la madrugada, por lo que buscamos opciones para hacer tiempo hasta entonces.

Primero nos acercamos hasta Perlan, en lo alto de la colina Öskjuhlið junto al aeropuerto doméstico de Reykjavík, a donde se puede llegar andando desde el centro en unos 30 minutos o con el autobús 18 en caso de no tener coche. Se trata de un edificio moderno usado en su base como tanque de almacenamiento de agua caliente para toda la ciudad y que tiene en su parte superior una cúpula de cristal desde donde se tienen buenas vistas de Reykjavík. El acceso es gratuito pero en su interior hay, además de un centro cultural que ofrece exposiciones y conciertos, un restaurante giratorio que parecía bastante caro por lo que nosotros, entre eso y que con el día que hacía no íbamos a poder ver mucho, dimos un paseo por fuera y enseguida nos marchamos.

Aún no había anochecido y vimos en la guía que a unos 10 minutos al sur de Reykjavík había un antiguo pueblo de pescadores llamado Hafnafjörður. Se encuentra entre un campo de lava y un puerto natural y una de sus atracciones es el "pueblo vikingo", un conjunto de casas construidas en 1841 que recrean el estilo de las casas vikingas, y entre las que hay un restaurante y un hotel. Nos pareció una buena idea parar a verlo de camino al aeropuerto pero al llegar allí llovía y tampoco pudimos disfrutarlo mucho.


El pueblo vikingo no es muy grande, son apenas 4 o 5 casas, pero resulta curioso y puede ser divertido, en especial para los niños. Junto a él hay un estanque sobre el que se refleja la pequeña iglesia blanca de tejado azul.






El pueblo no tenía mala pinta y cuenta con otros atractivos como el parque Hellisgerði, con el jardín de bonsais más al norte del mundo y el acantilado Hamarinn, donde supuestamente habitan los elfos. Pero ya estaba anocheciendo y cada vez llovía más por lo que pusimos rumbo al aeropuerto. 

Primero teníamos que devolver la furgoneta en la nave donde nos la habían entregado yendo hacia Keflavík desde el aeropuerto y como había que devolverla con el depósito lleno fuimos hasta el pueblo para echar gasolina. La última gasolinera yendo desde Reykjavík al aeropuerto por la carretera 41 está unos 4 kilómetros antes de llegar a éste, por lo que hay que estar atento si se quiere repostar ahí para no pasarse la salida. Nosotros nos aceramos hasta Keflavík y aprovechamos para organizar como pudimos las maletas bajo la lluvia. De allí fuimos a devolver el coche a Faircar y nos acercaron al aeropuerto, donde cenamos parte de la comida que nos había sobrado, entregamos la documentación para que nos devolvieran los impuestos de las compras de souvenirs y estuvimos descansando hasta coger el avión, que a diferencia del de la ida éste se retrasó casi una hora. La terminal es bastante grande y tiene varias tiendas y cafeterías, aunque como es lógico todas iban cerrando a medida que se acercaba la medianoche. 


Finalmente cogimos el avión que iba bastante lleno, coincidiendo con varias de las personas con las que habíamos volado en el viaje de ida. Cerca de las 9 de la mañana y sin apenas haber pegado ojo llegamos a Barcelona con el tiempo suficiente para coger el avión a Menorca, y aunque estábamos un poco tristes por acabar la aventura a la vez nos sentíamos muy emocionados por haber visto tantos lugares increíbles y vivido tantas experiencias maravillosas y con muchas ganas de volver a viajar, a este u otros nuevos destinos.